Lo que quise decir
Miro mis propios errores y el peso de mis caídas, deseando empezar de nuevo sin las excusas de siempre. Reconozco que a veces temo la ayuda que necesito para curarme.
La escribí en noviembre de 2025.
Letra
Vengo arrastrando el polvo de caminos circulares,
donde mi propia sombra se burla de mi andar.
He levantado altares a dioses malabares
y traigo el alma rota de tanto tropezar.
El peso de mis años no es tiempo sino lastre,
una armadura vieja de óxido y error.
Soy el arquitecto de mi propio desastre,
buscando en el escombro un poco de valor.
He intentado remiendos con hilos de soberbia,
he pintado de blanco sepulcros de verdad.
Mi voluntad, señores, una rama endeble
que se dobla al susurro de la vanidad.
Me miro en el espejo y desconozco el rostro,
tan lleno de mí mismo que no cabe tu luz.
Ante el abismo oscuro de mi interior me postro,
cargando inútilmente mi fábrica de cruz.
Y en este laberinto de espejos deformados,
donde el yo reverbera en cada paredón,
elevo mis ojos tantas veces cerrados,
gritando por el cincel de la transformación.
No quiero ser mejor, quiero ser diferente,
quiero morir a esto que llamo mi existir.
Alfarero eterno, rompe esta arcilla seca,
no sirve el odre viejo para el vino nuevo.
Que en tu mano divina borre cada mueca
y me devuelva el fuego, aunque me cause miedo.
Arráncame de cuajo la hiedra del pasado
que asfixia la semilla que intenta sembrar.
Quiero ser un extraño a quien fui ayer.
El mundo me presenta su copa rutilante,
con el borde meloso y el fondo carmesí.
Es un veneno dulce, un brillo fascinante,
el anzuelo dorado que me aleja de ti.
Camino como ciego tanteando las paredes,
sabiendo que el peligro se viste de placer.
Temo caer de nuevo en las antiguas redes,
temo que mi deseo me vuelva a vencer.
Señor, ya no me fío de mi propia brújula,
pues siempre marca el norte de mi perdición.
Mi alma tiembla, mi garganta se anuda
y estalla en mis labios esta antigua oración.
Un nuevo corazón, un hombre nuevo a menester,
se la anima más desnuda de mí que ser podrá,
que a tu piedad pagase lo que debo.
Dudosos pies por ciega noche llevo,
que ya he llegado a aborrecer el día,
y temo que hallaré la muerte fría,
envuelta en bien que dulce, portal cebo.
Tu hacienda soy, tu imagen, padre,
y si no es tu interés en mí, no creo
que otra cosa defiende mi partido.
Haz lo que pide verme cual me veo,
no lo que pido yo, pues de perdido
recato mi salud de mi deseo.
Desnúdame de mí, qué terrible plegaria,
que dará la intemperie de tu santa verdad.
Sin mis viejas excusas, sin mi máscara diaria,
expuesto en la pobreza de mi necesidad.
Porque soy tu hacienda,
aunque me haya vendido al mejor postor de la feria mundanal.
Soy tu imagen borrosa, un retrato perdido
que olvidó los rasgos del rostro original.
Y aquí radica el miedo, la paradoja cruenta:
mi propio corazón es mi peor traidor.
Deseo mi salud, pero mi sed aumenta
por aquel mismo cebo que me causa dolor.
Soy un enfermo que ama su propia enfermedad,
un náufrago que teme a la mano que salva.
Por eso te suplico, con toda mi ansiedad:
no me escuches a mí, escucha mi alma.
Alfarero eterno, rompe esta arcilla seca,
no sirve el odre viejo para el vino nuevo.
Que tu mano divina borre cada mueca
y me devuelva el fuego, aunque me cause miedo.
Arráncame de cuajo la hiedra del pasado
que asfixia la semilla que intenta sembrar.
Haz lo que tú ves, no lo que yo pido,
porque si pido alivio, quizás pido mi mal.
Si pido riquezas, pido el cebo mortal.
Si pido ser grande, pido ser destruido.
Desnúdame de mí, del orgullo que se disfraza de virtud.
Desnúdame de mí, de mis falsas seguridades.
Desnúdame de mí, de mi propio querer.
Vacíame, señor, hasta que no quede nada,
ni una gota de mi antiguo veneno.
Deja el templo limpio, barrido y silente,
que el eco de mi yo se apague para siempre.
Para que vengas tú, solo tú,
a llenar el vacío con un corazón de carne.
En un nuevo corazón, un hombre nuevo.
Haz lo que pide verme cual me veo,
no lo que pido yo.


