ClaroscuroEl sombrerero con diagnóstico
La merienda de locos: Alicia, la Liebre de Marzo, el Lirón y el Sombrerero. Ilustración de John Tenniel.

Ensayo sobre la traumagénesis y el arte de convertir heridas en lecciones

· 26 min de lectura

♫ Escuchar el ensayo · 30 min, leído con voz sintética

I. Una tortuga de verdad

La Falsa Tortuga, llorando, y el Grifo con Alicia. Ilustración de John Tenniel.
La Falsa Tortuga, llorando, y el Grifo con Alicia. Tenniel, Alicia en el país de las maravillas (1865)

En el capítulo noveno de Alicia en el país de las maravillas, el Grifo lleva a Alicia a conocer a la Falsa Tortuga, que está sentada sola en un saliente de roca a la orilla del mar, suspirando como si se le fuera a partir el corazón. Alicia le pregunta al Grifo qué pena tiene, y el Grifo le contesta con una frase que cualquiera que haya cargado con algo ha oído alguna vez con otras palabras: «Son figuraciones suyas: no tiene ninguna pena, ¿sabes?».

La Tortuga acepta contar su historia con una condición: que nadie diga una palabra hasta que termine. Se sientan, y durante unos minutos no habla nadie. Alicia piensa que no ve cómo va a terminar nunca si no empieza, pero espera con paciencia. Por fin, con un hondo suspiro, la Tortuga arranca: «Una vez fui una tortuga de verdad». A esas palabras les sigue un silencio larguísimo, roto solo por algún «¡Hjckrrh!» del Grifo y por los sollozos constantes de la Tortuga.

Hay dos maneras de equivocarse con una herida, y las dos están sentadas en esa roca. La de la Tortuga, que ha convertido lo que perdió en todo lo que es, y la del Grifo, que despacha la pena ajena como una figuración. Ella vive dentro de su historia sin poder terminarla; él no quiere oírla. Entre los dos está Alicia, que ni niega la pena ni se la queda: se sienta, espera y escucha hasta que la historia pueda terminar.

Esta tarde tenía puesta en la tele una charla de divulgación de dieciocho minutos, publicada el 2 de noviembre en el canal Calma Al Mar, en la que Roxana explica qué es el trauma y qué les hace al cerebro y al cuerpo. Casi al final dice dos cosas que podrían estar grabadas en la roca de la Tortuga: que recuperarse no significa olvidar lo que pasó ni hacer como si nada, sino integrarlo en tu historia personal, y que una experiencia traumática no define al cien por cien a una persona.

La charla me encontró con otra palabra en la cabeza, una que me acompaña desde 2018: traumagénesis. Me llegó en un texto atribuido al escritor británico Jasun Horsley, y en junio de 2025 escribí sobre ella una teoría propia, con un título que todavía me hace gracia: «Teoría de la traumagénesis cíclica (o el eterno retorno del hostiazo)». Este ensayo es un intento de juntar las tres cosas, la ciencia de la charla, la sospecha de Horsley y mi teoría, y de probarlas contra el único material que conozco a fondo, que es el mío: mis transcripciones, mis cartas y mis memorias.

Lo que sostengo cabe en una frase, y me ha costado bastante más que una frase aprenderla:

Un trauma no se supera ni se olvida: se integra. Y se integra el día en que deja de ser un tribunal que nos juzga cada noche y pasa a ser una lección que, como las de la Falsa Tortuga, ocupa cada día una hora menos.

II. Traumagénesis

El Rey y la Reina de Corazones, en el trono del tribunal. Ilustración de John Tenniel.
El Rey y la Reina de Corazones, en el trono del tribunal. Tenniel, Alicia en el país de las maravillas (1865)

Horsley es un ensayista inglés que lleva décadas escribiendo sobre la percepción, la cultura y el trauma; su libro más conocido, Prisoner of Infinity (2018), habla en el subtítulo de la psicología de la fragmentación. El texto que me dio la palabra se publicó en español en julio de 2018, en el blog Chitauri, con un título largo, «Traumagénesis: psicohistoria para adentrarse en los motivos de los abusos sexuales a niños por parte de la élite», y una nota al pie: artículo original de Jasun Horsley.

Su punto de partida es la psicohistoria de Lloyd deMause, un estudioso estadounidense que en 1974 abrió un libro colectivo sobre la historia de la infancia con una frase célebre: «La historia de la infancia es una pesadilla de la que hemos empezado a despertar hace muy poco». DeMause sostenía que la historia de la humanidad está fundada en el abuso de los niños, y que buena parte de lo que hacen los adultos, en casa y en la política, es volver a escenificar lo que les hicieron. El texto atribuido a Horsley lleva esa idea al poder: la impotencia del niño abusado se convierte en el adulto en una sed feroz de control, y la víctima puede acabar reproduciendo el abuso desde el otro lado. Toma de deMause una expresión durísima, receptáculos de veneno. Y lo resume todo en una frase que no se olvida: «Las almas heridas solo saben herir».

Traumagénesis, entonces, no como lo que pasó, sino como lo que engendra. Engendra miedo, control, repetición y, a veces, poder, y pasa de una generación a la siguiente como pasa una casa. Es una idea fértil, y entiendo por qué me atrapó: explica demasiado bien demasiadas cosas.

Pero la frase de las almas heridas es falsa, y es importante que lo sea. En 1987, dos psicólogos estadounidenses, Joan Kaufman y Edward Zigler, revisaron lo que se sabía sobre si los niños maltratados acaban maltratando a sus hijos. Su estimación, que todavía se cita, es que lo hace más o menos uno de cada tres. Es muchísimo, mucho más que en el resto de la población, y justifica cada euro que se gaste en prevenir. Pero quiere decir también que dos de cada tres no lo hacen. La herida condiciona, no dicta. Las almas heridas saben herir, como todas, y saben otras cosas.

Horsley lleva su idea a la psicohistoria de las élites, y por ahí no le sigo. Me quedo en la escala que puedo comprobar, la de una vida. Y a esa escala la traumagénesis es verdad a medias: el trauma engendra, sí, pero lo que engendra depende de lo que se haga con él.

III. Antes del pinchazo

El Conejo Blanco mira su reloj. Ilustración de John Tenniel.
El Conejo Blanco mira su reloj. Tenniel, Alicia en el país de las maravillas (1865)

La charla de Roxana empieza con una advertencia que me pareció valiente: hoy está de moda llamar trauma a cualquier situación desagradable, y no todo lo es. Una ruptura dolorosa, por ejemplo, no es necesariamente un trauma. En términos clínicos, el trauma es el impacto de un hecho muy negativo que deja una huella duradera y del que uno tarda en recuperarse, o no se recupera. Se puede sufrir en carne propia, como testigo, al oírselo contar a otros o por exposición repetida, como le pasa a quien trabaja años en una comisaría o en urgencias.

Después explica lo que pasa dentro. Hay tres estructuras del cerebro muy ligadas al trauma. La amígdala, que tiene que ver con el miedo e interpreta las amenazas. El hipocampo, que tiene que ver con la memoria y con algo más fino, el contexto: es el que permite distinguir cuándo y dónde ocurrió algo. Y la corteza prefrontal, que regula las emociones, decide y controla. Después de un trauma, un estímulo cualquiera puede reactivar el recuerdo y hacer sentir a la persona que lo está viviendo otra vez, aunque no esté pasando nada. Y el cuerpo acompaña: el sistema nervioso se dispara, sube el cortisol, y un cuerpo en alerta permanente deja de dormir, se tensa y se agota.

Lo que más me interesó es lo que cuenta de las respuestas protectoras. Quien ha estado expuesto a un peligro aprende a defenderse: a vigilar, a exigirse, a evitar, a controlarlo todo, a resolver problemas sin descanso. Esas respuestas le sirvieron. El problema empieza cuando siguen ahí sin que haya peligro. Lo que te salvó entonces te persigue ahora.

En A través del espejo hay una escena para eso. La Reina Blanca vive hacia atrás, y le explica a Alicia que eso tiene una gran ventaja: la memoria funciona en los dos sentidos. Alicia contesta que la suya solo funciona en uno, que no se acuerda de las cosas antes de que pasen, y la Reina sentencia que es una memoria muy pobre la que solo funciona hacia atrás. Al rato, la Reina se pone a gritar porque le sangra el dedo. Alicia le pregunta si se ha pinchado. «Todavía no», contesta la Reina, «pero me pincharé enseguida». Cuando por fin se le abre el broche y se pincha de verdad, ya no grita: ya ha gritado todo lo que tenía que gritar, dice, y no ve de qué serviría volver a pasar por todo otra vez.

Así funciona una memoria traumatizada: se acuerda del futuro. Grita antes del pinchazo y sangra antes de la herida. La Reina cree que una memoria que solo funciona hacia atrás es pobre; para quien ha pasado por lo que yo he pasado, sería un lujo. Integrar un trauma es, en buena parte, eso: conseguir que la memoria vuelva a funcionar en un solo sentido, que lo que pasó se quede en el pasado con su fecha y su lugar, que es justo el trabajo que la charla le atribuye al hipocampo.

La charla termina con una noticia que conviene repetir: tener un trauma no es tener el cerebro dañado. El cerebro es plástico, crea conexiones nuevas, y los cambios que deja un trauma no son permanentes ni iguales en todos. Hay tratamientos con pruebas, como la EMDR que ella menciona, recomendada por la Organización Mundial de la Salud desde 2013 junto con la terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma, y hay casos en los que ayudan los fármacos.

IV. Fábrica de sentido

El Sombrerero, en la merienda de locos. Ilustración de John Tenniel.
El Sombrerero, en la merienda de locos. Tenniel, Alicia en el país de las maravillas (1865)

Hasta aquí, el trauma como daño. Pero el título de la charla habla de cómo las experiencias nos transforman, y la palabra no está puesta al azar. A mediados de los años noventa, dos psicólogos de la Universidad de Carolina del Norte en Charlotte, Richard Tedeschi y Lawrence Calhoun, se pusieron a medir algo que la literatura y las religiones sabían desde siempre: que mucha gente, después de lo peor, dice que ha cambiado a mejor. Lo llamaron crecimiento postraumático, y en 1996 publicaron un cuestionario para medirlo en cinco terrenos: la relación con los demás, las posibilidades nuevas, la fortaleza personal, el cambio espiritual y el aprecio por la vida.

Lo más importante de su trabajo es una precisión que casi siempre se olvida: el crecimiento no lo produce el trauma, sino la lucha con lo que viene después. El trauma no es un regalo, y nadie debería dar las gracias por lo que le rompió. Lo que transforma es el trabajo que uno hace con los pedazos. Y ese crecimiento no sustituye al dolor: convive con él, a veces durante años.

Mi teoría de 2025 decía algo parecido, con menos bibliografía y más mala leche. La traumagénesis, escribí, no es solo el origen del trauma, sino su proceso de fabricación y su reciclaje: un sistema de repetición que se incrusta en una vida y, por extensión, en los linajes y en los pueblos. Hasta ahí, Horsley. Pero la teoría daba la vuelta al final: «La traumagénesis, así entendida, es una fábrica de sentido. Cada trauma que vuelve es una oportunidad para darle otra vuelta de tuerca, para entender un matiz nuevo, para integrar la sombra y, sobre todo, para aprender a reírse del monstruo propio».

Usé allí, a mi manera, una imagen de la cábala, la de las vasijas rotas: la vasija que se rompe deja escapar la luz, pero también puede recogerla de nuevo, reconstruida y más grande. Freud, que no era cabalista, lo había dicho en 1914 en un artículo de título casi escolar, «Recordar, repetir y reelaborar»: lo que no se puede recordar se repite, y el trabajo consiste en convertir la repetición en recuerdo y el recuerdo en algo elaborado. La repetición es la vasija rota que sigue goteando. La reelaboración es la vasija recompuesta.

Pierre Janet, el psiquiatra francés que estudió el trauma antes que Freud, lo dejó todavía más claro con su distinción entre memoria traumática y memoria narrativa. La traumática es rígida, se repite siempre igual y no va dirigida a nadie: es una actividad solitaria. La narrativa cambia, se adapta y, sobre todo, se le cuenta a alguien. Un siglo después, Bessel van der Kolk y Onno van der Hart rescataron esa distinción para la psiquiatría de hoy. La Falsa Tortuga, que llora siempre lo mismo en su roca, tiene memoria traumática. Alicia, sentada a su lado esperando a que termine, es la primera persona a la que se la puede contar.

V. No sirve volver a ayer

Alicia, estirada como un catalejo, se mira los pies. Ilustración de John Tenniel.
Alicia, estirada como un catalejo, se mira los pies. Tenniel, Alicia en el país de las maravillas (1865)

En el capítulo siguiente, la Falsa Tortuga y el Grifo le piden a Alicia que les cuente sus aventuras, y ella contesta con una frase que vale por un tratado: «Podría contaros mis aventuras empezando por esta mañana, pero no sirve de nada volver a ayer, porque entonces yo era otra persona».

No es una excusa. Es una descripción. En otro ensayo de este blog escribí sobre los tribunales de fuera, los que dictan la sentencia antes que el veredicto. Este va del de dentro, que es peor, porque no cierra nunca y celebra las vistas de madrugada. La charla lo describe sin dramatismo: después de un trauma, uno puede empezar a hablarse mal a sí mismo y a sentir tristeza, culpa y vergüenza. Ese es el perseguidor. No hace falta que nadie te persiga cuando llevas dentro al fiscal.

La psicóloga estadounidense June Tangney ha dedicado buena parte de su carrera a separar dos emociones que solemos confundir. La culpa mira a lo que hiciste: hice algo malo. La vergüenza mira a lo que eres: soy malo. La culpa empuja a reparar, a pedir perdón, a cambiar de conducta. La vergüenza empuja a esconderse, a negar o a atacar, y sus estudios la han asociado una y otra vez con la depresión y con la ira. La culpa bien llevada es una lección. La vergüenza es una tortura que se hace pasar por conciencia.

En las advertencias con las que se abre mi novela, Sabor a moneda vieja, que está en la sección de libros de este blog, escribí la versión que he podido sostener. Que no me considero responsable de lo que hice mientras no gobernaba mi cabeza, «ni responsable ni culpable», porque para atribuirle a alguien un acto hace falta que lo comprenda y que pueda gobernarlo, y dentro de un episodio no se da ninguna de las dos cosas. Que pedir perdón no es aceptar una imputación. Y que lo que sí llevo, todos los días, es lo único que se puede llevar hacia delante: «el tratamiento, la sobriedad y la reparación de lo que se deje reparar».

En una de las cartas que escribí este verano lo dejé en dos frases: «Del daño respondo. Del síntoma, no». La primera es la culpa sana, la que repara. La segunda le quita al fiscal de dentro un expediente que no le corresponde. Juntas son lo contrario de la tortura: me hacen cargo de lo que se puede reparar y me sueltan de lo que nunca fue una elección.

Alicia no dice que ayer no pasara. Dice que quien lo vivió era otra. Y por eso puede contar lo de hoy.

VI. Contra la memoria

El Conejo Blanco, heraldo del tribunal. Ilustración de John Tenniel.
El Conejo Blanco, heraldo del tribunal. Tenniel, Alicia en el país de las maravillas (1865)

Empiezo por la herramienta más aburrida: el archivo. Para escribir Sabor a moneda vieja recuperé y leí entero todo lo que conservaba, más de medio millón de mensajes fechados al minuto, las transcripciones completas de todo lo que grabé en mis peores meses y los documentos de los procedimientos, y pasé el relato por encima, uno por uno. En las advertencias del libro lo expliqué así: «Este libro no está escrito de memoria. Está escrito contra la memoria, que es cosa distinta».

La razón también está allí: «la memoria de todos, la mía la primera, no guarda los hechos, guarda la última versión que nos contamos de ellos, y esa versión se rehace por dentro cada vez que duele». La neurociencia le ha puesto nombre. En el año 2000, Karim Nader, Glenn Schafe y Joseph LeDoux mostraron en ratas que un recuerdo de miedo, cada vez que se evoca, vuelve a quedar frágil y tiene que guardarse de nuevo. Recordar es, en parte, reescribir. Sospecho que por eso el trauma crece tan bien dentro de la cabeza: lo que se recuerda con el miedo de hoy se vuelve a guardar con ese miedo.

El archivo no tiene miedo. Pone fecha y lugar, que es justo lo que, según la charla, el hipocampo deja de hacer bien después de un trauma. Y desmiente a los dos fiscales a la vez, al que me acusa de todo y al que me absuelve de todo. En el libro lo reconocí sin adornos: «Donde el archivo me ha desmentido, lo digo y me corrijo en la misma página, y hay unas cuantas correcciones así en estas páginas, algunas de ellas humillantes para mí». La humillación es el precio. Lo que se compra con ella es poder dejar de discutir con uno mismo a las cuatro de la mañana, porque la discusión ya tiene acta.

Pero una transcripción se puede leer de dos maneras: como un acta o como un látigo. Quien la lee como un látigo busca la frase que le condena, la repasa, la vuelve a oír, y sale de cada lectura un poco más hundido. Quien la lee como un acta busca otra cosa: qué pasó exactamente, en qué orden, qué dije y qué no dije, qué me inventé después. La diferencia no está en el papel, sino en la pregunta que se le hace. Al látigo se le pregunta quién tiene la culpa. Al acta, qué pasó y qué se aprende.

Los estudios de James Pennebaker sobre la escritura lo confirman por otro camino. Desde los años ochenta pidió a mucha gente que escribiera sobre lo peor que le había pasado, quince o veinte minutos durante unos pocos días, y comparó su salud con la de quienes escribían sobre asuntos neutros. Escribir ayudaba, pero no a todos por igual. Los que más mejoraban eran los que, de una sesión a otra, usaban cada vez más palabras de causa y de comprensión: porque, por eso, entendí, me di cuenta. Lo que ayudaba no era desahogarse, sino ir entendiendo. El látigo repite. El acta explica.

Hay una regla práctica que saco de mis propios datos. En otro ensayo conté que, en todas mis descompensaciones, las madrugadas se llenan de mensajes. La madrugada es la hora del látigo. Así que lo que se graba de noche se lee de día.

VII. Fechas absolutas

Humpty Dumpty, en lo alto del muro. Ilustración de John Tenniel.
Humpty Dumpty, en lo alto del muro. Tenniel, A través del espejo (1871)

Este verano escribí cartas largas a varias personas de mi pasado. No voy a contar qué dicen ni a quién van, porque no se escribieron para publicarse. Pero sí puedo contar las reglas que les puse, porque son lo más parecido a un método que tengo.

La primera, fechas absolutas. Nada de «hace tres años» ni de «llevo catorce meses»: siempre el mes y el año. La razón era práctica, porque no sabía cuándo las iba a mandar, y un «llevo catorce meses» se vuelve falso el día que la carta llega. Pero tiene un efecto que va más allá. Una fecha absoluta clava el hecho en su sitio. Es un hipocampo de papel: le dice a la amígdala que aquello fue entonces y fue allí, y que hoy es otro día.

La segunda, mecanismo y nunca acusación moral. Si algo dolió, se explica por lo que lo produjo, una enfermedad sin diagnosticar, un sueño roto, una sustancia, un miedo, y no con adjetivos sobre la otra persona. Es la misma idea con la que abrí la novela, donde advertí que la gente que me hizo daño estaba contada «no para ajustar cuentas, sino para que se entienda el mecanismo». Y vale igual en la otra dirección. En la novela confesé que hay una palabra que se me instaló en la cabeza un día concreto y de la que no me he librado: monstruo. Un adjetivo así sobre uno mismo es un latigazo, y no enseña nada. Un mecanismo, en cambio, señala la palanca.

La tercera, nada de relleno. Lo que no está comprobado no se completa con lo verosímil. Si no sé en qué orden pasaron dos cosas, lo busco, y si no aparece, no lo escribo. Parece una manía de archivero y es una defensa contra el miedo, porque el miedo rellena los huecos siempre con la peor versión posible.

La cuarta ya la he contado: del daño respondo, del síntoma no. Y la quinta es la que cierra todas las demás. En la novela hay una figura de ciencia ficción que uso para entenderme: hay una línea temporal que me correspondía y otra en la que fui a parar. Durante seis años viví como el personaje de esas novelas, buscando el punto donde se había torcido todo para deshacerlo, escribiéndole a la gente de la línea anterior como si desde allí me pudieran devolver. Eso es la persecución en estado puro: volver una y otra vez al momento de la herida para arreglarlo. Hasta que entendí lo que entiende el protagonista al final, que no hay que volver a la línea anterior porque la línea anterior no existe. En el libro lo dejé escrito: «Desde entonces no le escribo a nadie de la otra línea para que me devuelva. Les escribo, cuando les escribo, para cerrar, que es lo contrario».

Una carta que quiere volver persigue. Una carta que cierra enseña.

VIII. La cadena

El gato de Cheshire, en la rama. Ilustración de John Tenniel.
El gato de Cheshire, en la rama. Tenniel, Alicia en el país de las maravillas (1865)

La traumagénesis habla de linajes y de abusos, y yo conozco las dos cosas desde dentro. Los abusos que sufrí de los trece a los dieciocho están contados en el tercer capítulo de la novela. Y mi padre, que tenía trastorno bipolar, se quitó la vida cuando yo tenía veinte años. Lo conté allí sin colchón, y no voy a repetirlo aquí. Lo que sí quiero repetir es cómo entendí la cadena, porque es la respuesta más honrada que tengo a la frase de las almas heridas.

Mi abuelo no llegó a tener nunca un nombre para lo suyo. Mi padre sí lo tuvo, pero, como escribí, «le faltó lo que de verdad hace el trabajo, que es la red»: constancia, revisiones, gente alrededor que sepa lo que pasa cuando uno deja el tratamiento. A mí me ha costado, escribí también, «cuarenta años y cinco ingresos aprenderlo». En la novela acepté los genes y rechacé las marcas químicas que, según algunos, llevan el trauma de padres a hijos, porque en humanos esas pruebas son flojas y discutidas. Además de los genes, de mi padre heredé, escribí, «su casa, su miedo, su forma de plantarse en el mundo y una historia familiar que no se contó nunca en voz alta. Con eso sobra para explicar la cadena».

Esa es la traumagénesis que se puede comprobar: no una maldición, sino una casa, un miedo y un silencio que pasan de mano en mano. Y una cadena así no se rompe con un gesto, sino con un nombre, una red y una historia contada en voz alta. Mi familia lleva veinte años acordándose de mi padre, escribí, «sin haber escrito ni una sola vez la palabra monstruo». Cualquier familia que pierde a alguien así tiene todas las razones del mundo para convertirlo en un monstruo o en un santo, y las dos cosas son maneras de no mirarlo. Recordarlo entero, con su carisma, su ternura, su dolor y sus miedos, es integrarlo. Es lo contrario de la Tortuga y lo contrario del Grifo.

En la primera advertencia del libro dejé escrita la frase que pondría encima de la mesa si tuviera que discutir con Horsley: «Entender de dónde viene el daño ajeno es lo que me impidió convertirme en alguien que lo reparte». Hannah Arendt abrió el capítulo de La condición humana dedicado a la acción con una frase de Isak Dinesen: «Todas las penas pueden soportarse si las metes en una historia o cuentas una historia sobre ellas». Mi teoría de 2025 lo decía con palabras mías: «Lo que no se puede soportar, se cuenta; y lo que se cuenta, si se cuenta bien, acaba haciéndose menos monstruoso».

Sabor a moneda vieja es mi historia contada de manera que no se pueda reconocer a nadie; la versión íntegra, con todo, no se publicará. Quitar los nombres parece una concesión, y creo que es la última fase de la integración. Mientras una historia lleva nombres, es un pleito: tiene acusados, testigos y sentencia. Cuando los pierde, se convierte en algo que le puede servir a un desconocido. La herida deja de ser mía contra alguien y pasa a ser una lección para cualquiera.

IX. Por eso se llaman lecciones

Alicia aparta la cortina y encuentra la puertecita. Ilustración de John Tenniel.
Alicia aparta la cortina y encuentra la puertecita. Tenniel, Alicia en el país de las maravillas (1865)

Si tuviera que resumir en un método lo que he sacado de mis transcripciones, mis cartas y mi novela, sería algo así. No es una terapia, ni sustituye a ninguna. En otro ensayo conté que trabajé mis traumas por mi cuenta, fuera de la terapia, y que no lo recomiendo. Sigo sin recomendarlo. Pero si alguien tiene que hacerlo, o quiere acompañar con esto lo que hace en consulta, esto es lo que he aprendido.

Primero, ponerse a salvo. Judith Herman, una de las psiquiatras que mejor han escrito sobre la recuperación, la dividía en tres etapas: seguridad, recuerdo y duelo, y reconexión con la vida corriente. La seguridad va primero. Una herida no se abre en mitad de un episodio, ni de madrugada, ni a solas si se puede evitar.

Segundo, fecha y lugar. Todo lo que se pueda anclar se ancla: el mes, el año, el sitio. Lo que pasó entonces se queda entonces.

Tercero, los hechos aparte de las explicaciones. En la novela lo separé así: «Los hechos los cuento tal como los viví y los sostengo; las explicaciones son mías y podrían estar equivocadas». Esa humildad no es debilidad. Es lo que impide que una interpretación se convierta en condena, ajena o propia.

Cuarto, mecanismos y no adjetivos, para los demás y para uno mismo. El adjetivo condena. El mecanismo señala la palanca.

Quinto, del daño se responde y del síntoma no. Se repara lo que se deje reparar, se pide perdón cuando toca y no se carga con una culpa que nunca correspondió.

Sexto, la causa se busca una vez. En mi casa hay una regla para los fallos de las máquinas que sirve igual para los de las personas: cuando algo falla, se busca la causa una vez, se arregla, se comprueba y se apunta. Lo que no se hace es reabrir el caso cada noche. Rumiar es buscar mil veces la misma causa sin arreglar nada.

Séptimo, contarlo sin nombres. Cuando una historia puede servirle a un desconocido, ha dejado de ser un pleito.

Octavo, escribir para cerrar y nunca para que te devuelvan.

La Falsa Tortuga le cuenta a Alicia que en la escuela del mar daban diez horas de lecciones el primer día, nueve el segundo, y así sucesivamente. A Alicia le parece un plan rarísimo, y el Grifo se lo aclara: por eso se llaman lecciones. En inglés el chiste funciona porque lessons, lecciones, suena casi igual que lessen, menguar: se llaman lecciones porque menguan de un día para otro. Alicia lo piensa un poco y saca la conclusión lógica, que entonces el undécimo día sería fiesta. «Claro que lo era», dice la Tortuga. Y cuando Alicia, muy interesada, pregunta qué hacían el duodécimo, el Grifo la corta muy decidido: «Ya basta de lecciones. Cuéntale algo de los juegos».

Ese es el horario de una herida bien llevada. Al principio ocupa el día entero. Después, una hora menos cada día. Un día, sin que nadie lo decrete, es fiesta. Y lo que viene después de las lecciones no es el olvido. Son los juegos.

X. Risa y pena

La baraja entera se echa encima de Alicia. Ilustración de John Tenniel.
La baraja entera se echa encima de Alicia. Tenniel, Alicia en el país de las maravillas (1865)

Antes de lo de las horas, la Tortuga le recita a Alicia las asignaturas de su escuela. La enseñanza normal empezaba por Tambalearse y Retorcerse, que en inglés suenan casi como leer y escribir, y seguía con las cuatro ramas de la aritmética: Ambición, Distracción, Afeamiento y Burla. El Grifo, en cambio, había ido a clase con el maestro de clásicas, un viejo cangrejo. La Tortuga suspira y dice que ella nunca fue, que aquel maestro enseñaba, según decían, Risa y Pena, Laughing and Grief, que en inglés suena como latín y griego. «Eso enseñaba, eso enseñaba», suspira el Grifo. Y los dos se tapan la cara con las patas.

Es la mejor descripción que conozco de lo que le pasa a la Falsa Tortuga: se quedó con la pena y no aprendió la risa. Mi teoría de 2025 le daba a la risa el último lugar: «La risa es el último escalón de la resiliencia: no es negación, es trascendencia vulgar». Y terminaba con esta frase: «El verdadero héroe no es el que supera el trauma, sino el que lo baila y se descojona en el intento».

La risa de la que hablo no es la burla de quien despacha la pena ajena como figuraciones. Es la del que ha pasado por las lecciones y ya puede mirar al monstruo propio sin que el monstruo mande. Freud, que entendía de chistes, escribió en 1927 que en el humor el yo se niega a dejarse afligir por las provocaciones de la realidad y se empeña en que los traumas del mundo exterior no pueden alcanzarle. Eso es lo que le falta a la Tortuga: no la pena, que la tiene de sobra, sino la otra asignatura.

En el capítulo siguiente, la Tortuga y el Grifo le enseñan a Alicia la cuadrilla de la langosta. La Tortuga sigue llorando: al principio los sollozos no la dejan ni hablar, y el Grifo tiene que zarandearla y darle golpes en la espalda, como a quien se le ha quedado un hueso en la garganta. Pero baila. Bailan los dos alrededor de Alicia, muy solemnes, pisándole los pies de vez en cuando, mientras la Tortuga canta muy despacio y muy triste. No ha dejado de tener pena. Ha empezado a hacer algo con ella.

No sé en qué día de las lecciones voy, y hay días en que alguna vuelve a durar diez horas. Pero escribo esto a una hora decente, con fechas y sin adjetivos sobre nadie. Sé que la palabra monstruo no se ha ido del todo, ya lo confesé en la novela, y sé también lo que es: un adjetivo, y los adjetivos no enseñan nada. Y sé, porque lo dice el reglamento de la escuela del mar, que el undécimo día es fiesta.

Obras citadas

  • Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas (1865), capítulos IX y X.
  • Lewis Carroll, A través del espejo y lo que Alicia encontró allí (1871), capítulo V.
  • Roxana, «El trauma invisible: cómo las experiencias nos transforman», canal Calma Al Mar (vídeo, 2 de noviembre de 2026).
  • «Traumagénesis: psicohistoria para adentrarse en los motivos de los abusos sexuales a niños por parte de la élite», blog Chitauri (25 de julio de 2018), artículo atribuido a Jasun Horsley (Auticulture).
  • Jasun Horsley, Prisoner of Infinity: UFOs, Social Engineering, and the Psychology of Fragmentation (2018).
  • Lloyd deMause, «La evolución de la infancia», en Historia de la infancia (1974).
  • Joan Kaufman y Edward Zigler, «Do abused children become abusive parents?», American Journal of Orthopsychiatry, 57 (2), 1987.
  • Organización Mundial de la Salud, Guidelines for the management of conditions specifically related to stress (2013).
  • Richard G. Tedeschi y Lawrence G. Calhoun, «The Posttraumatic Growth Inventory: Measuring the positive legacy of trauma», Journal of Traumatic Stress, 9 (3), 1996, y «Posttraumatic growth: Conceptual foundations and empirical evidence», Psychological Inquiry, 15 (1), 2004.
  • «Teoría de la traumagénesis cíclica (o el eterno retorno del hostiazo)», texto propio (20 de junio de 2025).
  • Sigmund Freud, «Recordar, repetir y reelaborar» (1914) y «El humor» (1927).
  • Bessel A. van der Kolk y Onno van der Hart, «The Intrusive Past: The Flexibility of Memory and the Engraving of Trauma», American Imago, 48 (4), 1991.
  • June Price Tangney y Ronda L. Dearing, Shame and Guilt (2002).
  • Karim Nader, Glenn E. Schafe y Joseph E. LeDoux, «Fear memories require protein synthesis in the amygdala for reconsolidation after retrieval», Nature, 406, 2000.
  • James W. Pennebaker, «Writing about emotional experiences as a therapeutic process», Psychological Science, 8 (3), 1997, y James W. Pennebaker, Tracy J. Mayne y Martha E. Francis, «Linguistic predictors of adaptive bereavement», Journal of Personality and Social Psychology, 72 (4), 1997.
  • Judith Lewis Herman, Trauma y recuperación (1992).
  • Hannah Arendt, La condición humana (1958), capítulo V, con la frase de Isak Dinesen que lo abre.
  • Sabor a moneda vieja (2026), advertencias iniciales, prólogo y capítulos 2, 3 y 52.