♫ Escuchar el ensayo · 32 min, leído con voz sintética
I. La puertecita

Al poco de caer por la madriguera, Alicia va a parar a una sala larga y baja, llena de puertas, todas cerradas con llave. Sobre una mesita de cristal hay una llave de oro diminuta que no sirve para ninguna, hasta que, detrás de una cortina, aparece una puerta de apenas cuarenta centímetros. La llave entra, la puerta se abre y al otro lado está el jardín más bonito que ella haya visto nunca. Pero no cabe.
Ese jardín existe desde 1960, cuando se aprobó en Estados Unidos la primera píldora anticonceptiva. Por primera vez de forma fiable y masiva, el sexo y la reproducción podían ir cada uno por su lado. El sociólogo Anthony Giddens llamó a lo que vino después «sexualidad plástica»: una sexualidad descentrada, liberada de las exigencias de la reproducción, que se moldea y se negocia como cualquier otro aspecto de la vida en pareja. Zygmunt Bauman, una década más tarde, miró el mismo paisaje desde el otro lado y habló de «amor líquido»: vínculos que se hacen y se deshacen, compromisos que se revisan, parejas que se piensan a sí mismas como acuerdos. El mundo posmoderno, que desconfía de los grandes relatos, desmontó también el que durante siglos había decidido por nosotros cuándo, con quién y para qué se tenían hijos. Y dejó a cada pareja con la tarea de inventarse, casi desde cero, su propia moral reproductiva.
El problema es que al jardín no se entra por la misma puerta. Hagamos inventario. Una mujer que no quiera quedarse embarazada puede elegir hoy entre la píldora combinada, la píldora solo de gestágeno, el anillo vaginal, el parche, la inyección, el implante bajo la piel, el DIU de cobre, el DIU hormonal, el diafragma, el preservativo femenino, los métodos basados en el ciclo y, si lo tiene claro, la cirugía de las trompas. Un hombre tiene tres cosas: el preservativo, la marcha atrás y la vasectomía. Un plástico, una esperanza y un bisturí.
La diferencia no está solo en el número. Según las tablas de referencia que el demógrafo James Trussell elaboró durante décadas, con el preservativo como único método se quedan embarazadas, en el uso real de la vida diaria y no en el ideal del laboratorio, entre trece y dieciocho de cada cien parejas el primer año, según la edición que se consulte. Con la marcha atrás, alrededor de veinte. Con un DIU o un implante, menos de una. Con una vasectomía, menos de dos de cada mil. Entre el plástico y el bisturí, para él, no hay nada: ningún método reversible que se acerque a la eficacia de los que tiene ella.
En España, la encuesta de 2024 de la Sociedad Española de Contracepción dice que casi ocho de cada diez mujeres en edad fértil usan algún método. El más extendido es el preservativo (36,5 %), seguido de la píldora (18 %), el DIU hormonal (5 %), la vasectomía de la pareja (3,6 %) y el DIU de cobre (3 %). La mayoría de las parejas confía su fertilidad a un trozo de látex o a una pastilla diaria; los métodos de larga duración, que son los más eficaces y los que menos dependen de la memoria, siguen siendo minoritarios, y la propia sociedad científica lleva años diciendo que el DIU se usa menos de lo que debería.
De todo esto sale la tesis de este texto, que conviene decir pronto para que nadie la confunda con un panfleto:
La anticoncepción reversible es hoy, de hecho, un monopolio femenino. Y como todo monopolio, es a la vez un poder y una condena: quien tiene la llave carga también con la cerradura. El problema no es quién la tiene, sino que todavía no hemos aprendido a compartirla.
Este ensayo nace de muchas conversaciones de los últimos meses con gente muy distinta: mujeres que han llevado un DIU y lo recuerdan de maneras opuestas, mujeres que no quieren ni oír hablar de él, hombres que se plantean la vasectomía y hombres que no se la harían jamás, familia, amigos, terapeutas. No cuenta ninguna de ellas. Intenta pensar lo que todas tenían en común.
II. Bébeme

Como no cabe por la puerta, Alicia vuelve a la mesa y encuentra un frasquito con una etiqueta que dice «BÉBEME». No se lo bebe enseguida. Antes mira si en alguna parte pone «veneno», porque ha leído historias de niños que acabaron quemados o devorados por las fieras por no recordar reglas sencillas: que un atizador al rojo quema si lo sujetas mucho rato, que si te cortas hondo con un cuchillo sangras, y que si bebes mucho de un frasco que dice «veneno», tarde o temprano te sentará mal. Como no lo pone, bebe. Y encoge.
Así se entra hoy en el jardín: él no cabe por la puerta, y ella solo cabe si antes se bebe algo que le cambia el cuerpo. Millones de mujeres llevan más de sesenta años repitiendo el gesto de Alicia: leer el prospecto, preguntar a la ginecóloga, a la farmacéutica, a la amiga que ya lo probó, y después beber. Y cambiar de tamaño: de peso, de humor, de deseo, de regla.
No es una manera de hablar. En 2016, un estudio danés que siguió a más de un millón de mujeres encontró que las que usaban anticoncepción hormonal tenían un riesgo algo mayor de empezar a tomar antidepresivos, más marcado entre las adolescentes. Una asociación no prueba una causa, y el riesgo absoluto es pequeño, pero muchas mujeres sintieron por fin nombrado algo que llevaban años contando en consulta sin que nadie lo apuntara. A eso se suman el riesgo de trombosis de los métodos con estrógenos, los sangrados irregulares, los cambios en el deseo y la pequeña disciplina diaria de acordarse.
El DIU parece la salida perfecta: no hay que acordarse de nada durante años, y el de cobre ni siquiera lleva hormonas. Pero hay que ponérselo. Para muchas mujeres la inserción es una molestia de minutos; para otras, sobre todo si no han parido, es un dolor intenso, con mareo y náuseas, seguido de semanas o meses de reglas más abundantes o más dolorosas. Durante mucho tiempo, en demasiadas consultas, ese dolor se despachó con un ibuprofeno y un «es solo un momento». Las recomendaciones de práctica clínica de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos no lo abordaron de forma expresa hasta su edición de 2024, que pide hablar del dolor antes de la cita y ofrecer anestesia local. Esas mismas recomendaciones desaconsejan dar de rutina misoprostol, el mismo fármaco que se usa para inducir un aborto, para «preparar» el cuello del útero, porque no se ha demostrado que facilite la colocación ni que alivie el dolor; durante años se recetó con frecuencia.
Y aun así conviene desconfiar de la anécdota en las dos direcciones. He oído a una misma mujer describir su DIU, el día de la inserción y los meses siguientes, como un pequeño calvario, y años después, ya sin él, como algo que «no le dio ningún problema». Las dos versiones eran sinceras. La memoria del dolor se suaviza, la del alivio de no tener que preocuparse se agranda, y el balance de cada cual depende de con qué lo compare. Por eso se equivoca tanto el hombre que asegura, con la convicción de quien nunca se lo ha puesto, que el DIU «ni duele, ni molesta, ni cuesta nada», como el que da por hecho que es una tortura que ninguna mujer debería aceptar. A unas les duele y a otras no; a unas les molesta y a otras no; y en España lo que cuesta y lo que se tarda en conseguirlo dependen del modelo y de la comunidad autónoma. Lo único que es igual en todos los casos es que el cuerpo que lo comprueba no es el de él.
De ahí se sigue algo incómodo para quien busque soluciones sencillas: una mujer que rechaza las hormonas y el DIU no está siendo caprichosa, ni egoísta, ni irresponsable. Está ejerciendo el mismo derecho que reclamaría cualquier hombre si le propusieran tomarse cada día algo que le altera el humor o dejarse introducir un dispositivo por la uretra cada cinco años. Rechazar los métodos disponibles es legítimo. Lo que ya no lo es tanto es rechazarlos todos y dar por hecho, además, que a partir de ahí el problema es del otro.
III. Mermelada mañana

Hay una frase que más de un hombre ha dicho alguna vez, medio en broma y medio en serio, cuando quería de verdad compartir la carga: «¿Por qué no inventan algo que me pueda tomar yo? Algo que no sea una vasectomía».
La respuesta lleva medio siglo pareciéndose a la regla de la Reina Blanca en A través del espejo: mermelada ayer y mermelada mañana, pero nunca mermelada hoy. La píldora masculina lleva desde los años setenta a «cinco o diez años» de distancia. En 2016 se publicaron los resultados de un ensayo con una inyección hormonal para hombres, respaldado por la Organización Mundial de la Salud: funcionaba razonablemente bien, pero el reclutamiento se había interrumpido en 2011 porque un comité independiente de seguridad consideró que los efectos adversos, sobre todo cambios de humor y depresión, además de acné, pesaban más que los beneficios. Al terminar, más del 75 % de los participantes dijo que estaría dispuesto a usar el método. La noticia corrió por internet con una sorna comprensible: lo que había frenado el ensayo se parecía mucho a lo que millones de mujeres llevaban décadas aceptando.
La sorna, sin embargo, se queda corta, y aquí conviene no caer en la generalización fácil. Un comité de ética no puede pesar igual un efecto adverso en un cuerpo que puede quedarse embarazado que en uno que no. Para una mujer, cualquier anticonceptivo se compara con los riesgos de un embarazo que ocurriría en su propio cuerpo, y un embarazo nunca es inocuo; para un hombre, ese riesgo lo corre otra persona, de modo que en su balance individual el beneficio sanitario es menor y el margen de efectos tolerables, también. No es solo machismo: es una asimetría biológica que la bioética traduce en una asimetría de umbrales. Lo discutible, y mucho, es que esa lógica no se haya compensado con más inversión, más paciencia y más imaginación.
Mientras tanto, la mermelada sigue en el mañana. Un gel diario que combina dos hormonas y se aplica sobre los hombros ha completado un ensayo de fase 2b con 462 parejas, y su fase 3 se anuncia para 2027. Hay una píldora no hormonal en ensayos con humanos, un hidrogel que se inyecta en los conductos deferentes para bloquearlos de forma prolongada y, en la India, una sustancia parecida, llamada RISUG, que lleva décadas de ensayos. El gel, que es lo más avanzado, no está aprobado por ninguna autoridad sanitaria. Si todo va bien, la generación que hoy está en el instituto quizá encuentre una puerta un poco más grande. La que hoy está en edad de decidir no la va a encontrar.
IV. Café descafeinado

En la merienda de locos, la Liebre de Marzo le ofrece a Alicia, muy amable, un poco de vino. Alicia mira la mesa y solo ve té. «No veo ningún vino», dice. «Es que no hay», le contesta la Liebre.
El preservativo tiene algo de esa invitación. Es el plástico del inventario: el único método masculino que no es ni una esperanza ni un bisturí, el más usado en España y, junto con su versión femenina, que casi nadie usa, el único que además de evitar embarazos protege de las infecciones. Por eso en castellano también se le llama profiláctico: su primer oficio fue la profilaxis. Y es, a la vez, el método que más gente desprecia en voz baja. «No me vas a convencer de que es lo mismo», dice uno; «es como el café descafeinado». «No lo llames de mentira», le contesta ella, «porque no lo es». Los dos tienen razón, y en esa doble razón está todo el dilema.
Hay hombres que lo rechazan porque notan menos, porque interrumpe el momento o porque pierden la erección al ponérselo, un problema más frecuente de lo que se confiesa y que la sexología tiene estudiado con nombre propio. Y hay algo más hondo, que pocos dicen en voz alta y que no conviene ridiculizar: el deseo de terminar dentro, piel con piel, que muchos describen como algo casi atávico, anterior a cualquier razonamiento. Pero no es un asunto solo de hombres. Muchas mujeres también lo rechazan: por irritación, por sequedad, por alergia al látex, porque les resta sensibilidad o intimidad, o porque en una pareja estable dejar el condón se vive como un rito, una forma de decir «ya confío en ti». Pedirlo después de ese rito se interpreta, injustamente, como una sospecha.
Ese rito tiene un precio que las estadísticas empiezan a cobrar. Las infecciones de transmisión sexual llevan años creciendo en España: en 2023 se notificaron más de 34.000 casos de gonorrea, cerca de 37.000 de clamidia y casi 11.000 de sífilis, con los mayores aumentos entre gente joven. Ni la vasectomía, ni la píldora, ni el DIU protegen de ninguna de ellas. En una pareja cerrada que se ha hecho las pruebas, el preservativo deja de ser profilaxis y pasa a ser solo anticoncepción, y entonces es razonable cambiarlo por otra cosa. Lo que no es razonable es tratar el rito de la confianza como si fuera una analítica.
Hay, además, un límite que no admite matices: el preservativo solo protege si se usa con el consentimiento de los dos. Quitárselo a escondidas en mitad de una relación tiene nombre, stealthing, y en 2022 el Tribunal Supremo alemán confirmó que es un delito sexual. Ese mismo año, un juzgado de Bielefeld condenó a una mujer que había agujereado los preservativos de su pareja para quedarse embarazada, y el juez subrayó que el delito se aplicaba también «en el caso inverso». El sabotaje reproductivo no tiene sexo, aunque los estudios lo encuentran con mucha más frecuencia en una dirección que en la otra: en un trabajo de 2010 en clínicas de planificación familiar de California, una de cada cinco jóvenes contó que su pareja la había presionado para quedarse embarazada, y un 15 %, que le había saboteado la anticoncepción.
Tampoco la religión repartió mejor. En la tradición rabínica, el precepto de procrear se entiende dirigido al varón, y la prohibición de «derramar la simiente en vano» hace que, cuando se admite la anticoncepción, se prefiera la píldora al preservativo: el método va al cuerpo de ella para proteger la semilla de él. La doctrina católica, desde la encíclica Humanae vitae de 1968, rechaza ambos y solo admite los métodos naturales, que al menos tienen la virtud de obligar a los dos.
V. El que vota antes

En la cocina de la Duquesa, entre nubes de pimienta, la Duquesa mece a un bebé que no deja de estornudar ni de berrear. De pronto se levanta para ir a jugar al cróquet con la Reina y se lo lanza a Alicia por el aire: «¡Toma! Puedes mecerlo un poco, si quieres». Alicia lo atrapa como puede y piensa, con una sensatez que nadie más tiene en todo el libro, que si no se lo lleva lo matarán en un par de días, y que dejarlo allí sería casi un asesinato.
Esa escena resume la parte más dura de este asunto, la que casi nadie se atreve a plantear sin que lo acusen de algo. Cuando un embarazo no buscado sigue adelante sin que él lo quisiera, la decisión le llega como le llega el bebé a Alicia: por el aire, y ya tomada.
Conviene empezar por lo que no se discute. En España, desde la Ley Orgánica 2/2010, reformada en 2023, cualquier mujer puede interrumpir su embarazo a petición propia dentro de las catorce primeras semanas, y desde los dieciséis años sin permiso de sus padres; en 2024 se registraron 106.172 interrupciones, una tasa de 12,36 por cada mil mujeres de entre quince y cuarenta y cuatro años. El hombre no tiene voto en esa decisión, y es justo que no lo tenga. Ya en 1980, la Comisión Europea de Derechos Humanos rechazó la demanda de un marido británico que quería impedir el aborto de su mujer: su derecho a la vida familiar no incluía el de ser consultado ni el de oponerse a una decisión sobre el cuerpo de ella. Obligar a una mujer a gestar, o a dejar de hacerlo, sería una violencia intolerable en cualquiera de las dos direcciones.
Pero que la decisión sea de ella tiene una consecuencia que pocas veces se mira de frente: para un hombre, la única decisión reproductiva que la ley le reconoce es la que toma antes del acto. Ella decide antes y decide durante. Él vota una sola vez, y vota antes. Después, la Constitución obliga a los padres a prestar «asistencia de todo orden» a los hijos habidos dentro o fuera del matrimonio; el Código Civil obliga al padre y a la madre a darles alimentos aunque no tengan la patria potestad, y si él niega la paternidad y se niega sin motivo a hacerse la prueba biológica, el juez puede declararla igualmente cuando hay otros indicios. Hay hombres que se enteran de que van a ser padres cuando ya no queda nada que decidir, y otros a los que se les dijo una cosa y después pasó otra. Hay que sostener dos ideas a la vez: que ella tiene todo el derecho a cambiar de opinión, y que él vive las consecuencias de una decisión en la que no tuvo voto.
De esa asimetría nace una idea que lleva décadas circulando por los márgenes: el llamado aborto de papel, la posibilidad de que un hombre renuncie legalmente a la paternidad y a sus obligaciones dentro de un plazo, igual que ella puede renunciar a la maternidad interrumpiendo el embarazo. La filósofa Elizabeth Brake se preguntó en 2005 si los hombres deberían tener un derecho a elegir; en Estados Unidos, un tribunal federal de apelación desestimó en 2007 la demanda que la prensa bautizó como «Roe contra Wade para hombres»; en 2016, las juventudes liberales de una región sueca propusieron un «aborto legal» masculino hasta la semana dieciocho. Ninguna ley lo ha recogido, y la razón tiene peso: la pensión no es un derecho de la madre, sino del hijo, y el hijo no ha elegido nada. Alicia no se queda con el bebé porque la Duquesa tenga razón, sino porque el bebé no tiene culpa.
Tampoco conviene olvidar el reverso. Durante siglos, el muerto lo cargaron ellas, y en buena medida lo siguen cargando: la inmensa mayoría de las excedencias y reducciones de jornada para cuidar a los hijos las siguen pidiendo las madres, y los impagos de pensiones son materia diaria de los juzgados. Entre el hombre al que se le carga una paternidad que no eligió y la mujer a la que se deja sola con una criatura está la inmensa mayoría de los casos, que no tienen villano. El Fondo de Población de las Naciones Unidas calcula que cada año hay en el mundo 121 millones de embarazos no intencionados, y casi todos son exactamente eso: no buscados por nadie. Pero cuando hay desacuerdo, la ley solo puede resolverlo en una dirección, y quien lo sabe de antemano tiene más motivos que nadie para cuidar su única papeleta.
VI. Decisión tuya

En A través del espejo, Humpty Dumpty le explica a Alicia que, cuando él usa una palabra, esta significa exactamente lo que él quiere que signifique, ni más ni menos. Alicia objeta que no se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas distintas. «La cuestión», zanja él, «es saber quién manda. Eso es todo».
En este asunto hay dos palabras que cambian de significado según quién las pronuncie: «tuya» y «nuestra». Pensemos en una pareja cualquiera, estable, que va en serio. Él tiene claro que no quiere hijos, o que no quiere más; ella no quiere hormonas ni un DIU, por razones que, como hemos visto, son perfectamente legítimas. El preservativo cumple, pero a ninguno de los dos le gusta, y los dos saben que falla más de lo que querrían. Queda una puerta: la vasectomía. Y entonces aparece la frase: «Eso es decisión tuya».
Tiene una parte de verdad indiscutible. Es su cuerpo y es su quirófano, y una vasectomía, a diferencia de un DIU, no se quita en una consulta. Pero en boca de una pareja estable la frase hace algo más: convierte una decisión de planificación familiar en una elección individual y, con ella, le traslada la carga entera. Es el mismo movimiento que durante décadas se hizo en la otra dirección, cuando la anticoncepción era «cosa de ellas» y muchos hombres se limitaban a preguntar, si preguntaban, «¿tomas algo?». Cuando por fin se plantea que sea cosa de ellos, a veces el reparto no se comparte: se invierte.
El reproche que sale entonces es comprensible, aunque no siempre justo: «Si ella no se pone algo que se puede quitar cuando quiera, ¿por qué tengo que operarme yo de algo que es para siempre?». Comprensible, porque señala la asimetría con el dedo: a él se le pide lo irreversible porque ella rechaza lo reversible. No siempre justo, porque la vasectomía no es solo una concesión a la pareja. Es el único método que un hombre controla de principio a fin, el único que le protege de una paternidad no elegida con esta pareja y con cualquier otra, y el único que no depende de la memoria, la buena fe ni el deseo de nadie más. Visto así, quien se hace una vasectomía no le entrega nada a su pareja: recupera la parte de la decisión que el monopolio le había quitado.
Es, además, la opción más sensata desde el punto de vista médico. Se hace con anestesia local, en una intervención breve y sin ingreso, mientras que la ligadura de trompas suele exigir cirugía abdominal y anestesia general. No cambia la erección ni el orgasmo, y el volumen del semen apenas varía. Tiene su letra pequeña: no es eficaz hasta que un análisis confirma, al cabo de unos meses, que ya no quedan espermatozoides, y no protege de ninguna infección. Aun así, cuando el Tribunal Supremo de Estados Unidos anuló en 2022 la protección constitucional del aborto, las esterilizaciones entre adultos de dieciocho a treinta años se dispararon, y las de mujeres crecieron aproximadamente el doble que las vasectomías. Incluso en pleno pánico, la carga volvió a caer del mismo lado.
¿De quién es, entonces, la decisión? De los dos, y de cada uno, a la vez. Es nuestra porque afecta a la vida que hacemos juntos; es tuya porque el cuerpo y el futuro que se quedan son los tuyos. Humpty Dumpty se equivocaba: en una pareja la cuestión no es saber quién manda, sino quién carga. Decidir juntos no consiste en que uno decida y el otro firme, sino en que los dos asuman que alguien va a pagar un precio, y en que ese alguien no sea siempre el mismo. Hay parejas que lo resuelven repartiendo años: un tiempo de DIU, un tiempo de preservativo, una vasectomía cuando los dos están seguros. Otras lo resuelven pagando a medias, acompañando al quirófano, aceptando las molestias del otro como propias. Lo único que no funciona es la frase que convierte al otro en el único responsable de lo que es de los dos.
VII. Siempre son las seis

En la merienda de locos, el Sombrerero le explica a Alicia por qué en su mesa es siempre la hora del té: se peleó con el Tiempo y, desde entonces, el Tiempo no hace nada de lo que le pide. Siempre son las seis.
El reloj reproductivo tampoco hace lo que se le pide, y no marca la misma hora para todos. La fertilidad de una mujer tiene un final bastante previsible; la de un hombre se va apagando despacio y puede durarle toda la vida. Esa diferencia, que parece un detalle de manual, lo cambia todo en el cálculo de una pareja. Si a ella le quedan pocos años fértiles, pasar por una cirugía irreversible para cubrir un periodo corto puede parecer desproporcionado, y no es raro que la pareja decida aguantar con el preservativo hasta que la naturaleza resuelva por su cuenta. Pero la vasectomía no protege a la pareja: protege al hombre. Y si la pareja se acaba, él seguirá siendo fértil cuando ella ya no lo sea. Para la pareja pueden ser unos pocos años; para él, el resto de su vida.
Por eso la vasectomía sobrevive a las parejas. Es una decisión que uno toma con alguien y que conservará sin ese alguien, y por eso nadie debería hacérsela para retener a nadie, ni para complacer a nadie, ni como prueba de amor. Debería hacérsela quien esté seguro de no querer hijos, o más hijos, con nadie. Esa es la prueba de verdad.
La reversión existe, pero el tiempo también juega en su contra. En el estudio clásico del Vasovasostomy Study Group, publicado en 1991, cuando la reversión se hacía antes de los tres años, el semen volvía a tener espermatozoides en el 97 % de los casos y se lograba embarazo en el 76 %; pasados quince años, esas cifras bajaban al 71 % y al 30 %. Es una microcirugía más larga, cara y sin garantías. Hay quien congela semen antes de operarse, por si acaso, y es una manera sensata de guardar el reloj en una vitrina, aunque no de pararlo.
VIII. Todos estamos locos aquí

«Aquí estamos todos locos», le dice el Gato de Cheshire a Alicia. «Yo estoy loco. Tú estás loca». Ella protesta, y el Gato le responde que tiene que estarlo, o no habría venido.
Todo lo anterior se complica cuando uno de los dos, o los dos, tiene un diagnóstico psiquiátrico. Hablo de neurodivergencia en el sentido amplio con que hoy se usa la palabra, pero sobre todo de trastornos como el bipolar, porque ahí el problema se vuelve sui generis: no es una versión agravada del dilema anterior, sino un dilema de otra especie.
Primero está la herencia. Los hijos de una persona con trastorno bipolar tienen varias veces más riesgo que la población general de desarrollarlo, aunque la mayoría no lo desarrollará nunca. Después está el parto. Una revisión de 2016 que reunió 37 estudios encontró que más de un tercio de las mujeres con trastorno bipolar recaía en el posparto, y que alrededor de un 17 % sufría episodios graves, como una manía o una psicosis. La misma revisión daba la otra mitad de la noticia: entre las que no tomaban medicación preventiva durante el embarazo recaía el 66 %; entre las que sí la tomaban, el 23 %. El riesgo es real, y también lo es que se puede planificar y reducir mucho.
Y después está lo que ningún estudio mide bien: el estigma. En las asociaciones de pacientes hay madres con trastorno bipolar a las que un episodio después del parto les ha costado la custodia, y que años después siguen teniendo que demostrar ante un juzgado que no son un peligro para sus propios hijos. Rara vez se le pide algo así a un padre o a una madre sin diagnóstico. La Convención de las Naciones Unidas sobre los derechos de las personas con discapacidad, que España ratificó en 2007, dice en su artículo 23 que estas personas tienen derecho a decidir libremente el número de hijos que quieren tener y a mantener su fertilidad en igualdad de condiciones con las demás, y que en ningún caso se separará a un menor de sus padres en razón de una discapacidad de ellos. Una cosa es lo que dice el papel y otra lo que se juega en la sala de un juzgado.
La historia obliga a mirar esto con mucho cuidado, porque el control de la fertilidad de las personas con enfermedad mental tiene un pasado oscuro. En 1927, el Tribunal Supremo de Estados Unidos avaló la esterilización forzosa de una joven internada con una frase que todavía hiela: «Tres generaciones de imbéciles son suficientes». Y no hace falta irse tan lejos ni tan atrás: en España, el Código Penal permitió hasta diciembre de 2020 que un juez autorizara la esterilización de personas con discapacidad incapacitadas judicialmente, y hizo falta una ley orgánica para erradicarla.
Por eso la decisión de una persona con diagnóstico sobre su propia fertilidad es tan delicada. Un hombre con trastorno bipolar que decide hacerse una vasectomía porque no quiere transmitir su enfermedad, o porque sabe lo que es intentar cuidar de alguien en mitad de un episodio, o simplemente porque no quiere hijos, está ejerciendo un derecho, y nadie debería disuadirle con paternalismo. Pero le conviene preguntarse con honestidad si la decisión es suya o del estigma que lleva dentro, eso que los psicólogos llaman autoestigma: el prejuicio que uno acaba aplicándose a sí mismo. Y una mujer con el mismo diagnóstico que quiere ser madre tiene el mismo derecho a serlo que cualquier otra; lo que necesita no es vigilancia, sino apoyo: psiquiatría perinatal, un plan para el posparto, una red. Entre la eugenesia y el romanticismo hay un camino estrecho, y es el único decente: decisiones libres, informadas y acompañadas, tomadas por quien las va a vivir.
Cuando los dos miembros de la pareja tienen un diagnóstico, el asunto se vuelve todavía más singular. Ya no se trata solo de quién carga con el método, sino de quién podrá sostener a quién si llega una criatura y llega también un episodio. Esa pregunta no tiene respuesta de manual. Solo tiene la que cada pareja sea capaz de darse con los ojos abiertos.
IX. Depende de adónde quieras ir

Poco antes de la merienda de locos, Alicia le pregunta al Gato de Cheshire qué camino debe tomar. «Eso depende mucho de adónde quieras llegar», le contesta. «No me importa mucho adónde», dice ella. «Entonces tampoco importa mucho qué camino tomes».
Casi todos los dilemas anticonceptivos se resuelven mal porque se empieza por el camino, el DIU, el preservativo o la vasectomía, en lugar de por el destino. ¿Queremos hijos? ¿Los quiere uno y el otro no? ¿Los queremos algún día, nunca, o ya no más? ¿Qué haríamos si llegaran sin buscarlos? Solo después de contestar a eso tiene sentido hablar de métodos, y solo hablando de eso se descubre quién está dispuesto a pagar qué precio y durante cuánto tiempo.
Shulamith Firestone escribió en 1970, en La dialéctica del sexo, que la emancipación de las mujeres pasaba por liberarlas, con todos los medios técnicos disponibles, de la tiranía de su biología reproductiva. Casi medio siglo después, el manifiesto xenofeminista del colectivo Laboria Cuboniks terminaba con una consigna que podría servir de lema a este ensayo: «Si la naturaleza es injusta, cambiemos la naturaleza». La técnica ya ha cambiado muchas cosas, y quizá algún día un gel o una píldora agranden la puertecita de los hombres. Pero no hace falta esperar a la mermelada de mañana para repartir mejor la de hoy, y hay algo que ninguna tecnología hará por nosotros: la conversación.
Esa conversación tiene algunas reglas sencillas, de esas que Alicia apuntaría en su cuaderno. Que el monopolio no sirva de excusa: quien tiene la llave tiene derecho a no usarla, pero no a desentenderse de la puerta. Que la carga no se traspase con una frase: «decisión tuya» no es una manera de compartir, sino de soltar. Que no se desprecie el preservativo mientras no haya otra cosa: es incómodo e imperfecto, pero es lo único que protege a la vez de un embarazo y de una infección. Que nadie se esterilice para retener a nadie. Que el diagnóstico no decida por las personas. Y que, cuando llegue una criatura que nadie buscó, la responsabilidad sea de quienes la hicieron, y no de quien tenía más cerca la llave.
Al final del libro, cuando el juicio se ha convertido en un disparate y la Reina grita que le corten la cabeza, Alicia, que ya ha recuperado su tamaño, dice en voz alta lo que lleva todo el sueño intuyendo: «¡No sois más que una baraja de naipes!». La baraja entera salta por los aires y se le echa encima, y ella se despierta. Las reglas del monopolio anticonceptivo tampoco son leyes de la naturaleza: son cartas que se repartieron de una manera y que se pueden repartir de otra. No se trata de quitarle a nadie la llave. Se trata de que el jardín sea, por fin, de los dos.
Obras citadas
- Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas (1865), capítulos I, VI, VII y XII.
- Lewis Carroll, A través del espejo y lo que Alicia encontró allí (1871), capítulos V y VI.
- Anthony Giddens, La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas (1992).
- Zygmunt Bauman, Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos (2003).
- James Trussell, «Contraceptive failure in the United States», Contraception, 83 (5), 2011, y Robert A. Hatcher y otros, Contraceptive Technology, 21.ª edición (2018).
- Sociedad Española de Contracepción, Encuesta de anticoncepción en España 2024.
- Charlotte Wessel Skovlund y otros, «Association of Hormonal Contraception With Depression», JAMA Psychiatry, 73 (11), 2016.
- Centers for Disease Control and Prevention, «U.S. Selected Practice Recommendations for Contraceptive Use, 2024», MMWR Recommendations and Reports, 73 (3), 2024.
- Hermann M. Behre y otros, «Efficacy and Safety of an Injectable Combination Hormonal Contraceptive for Men», The Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism, 101 (12), 2016.
- Population Council y Contraline, comunicados sobre el gel NES/T: ensayo de fase 2b con 462 parejas y licencia de 2026.
- Centro Nacional de Epidemiología (Instituto de Salud Carlos III) y Ministerio de Sanidad, vigilancia epidemiológica de las infecciones de transmisión sexual en España, datos de 2023 (2024).
- Bundesgerichtshof, sentencia de 13 de diciembre de 2022 (3 StR 372/22), y Amtsgericht Bielefeld, sentencia de 2 de mayo de 2022.
- Elizabeth Miller y otros, «Pregnancy coercion, intimate partner violence and unintended pregnancy», Contraception, 81 (4), 2010.
- Pablo VI, encíclica Humanae vitae (1968).
- Ley Orgánica 2/2010, de 3 de marzo, de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo, reformada por la Ley Orgánica 1/2023, de 28 de febrero.
- Ministerio de Sanidad, Interrupción voluntaria del embarazo. Datos definitivos correspondientes al año 2024 (2025).
- Comisión Europea de Derechos Humanos, Paton contra Reino Unido, decisión de 13 de mayo de 1980.
- Constitución Española, artículo 39; Código Civil, artículo 110; Ley de Enjuiciamiento Civil, artículo 767.4.
- Elizabeth Brake, «Fatherhood and Child Support: Do Men Have a Right to Choose?», Journal of Applied Philosophy, 22 (1), 2005.
- Dubay contra Wells, Tribunal de Apelaciones del Sexto Circuito de Estados Unidos (2007).
- Fondo de Población de las Naciones Unidas, Estado de la población mundial 2022. Visibilizar lo invisible (2022).
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